
LA LOCA QUE SE REIA
Mañana domingo era el día de las elecciones. La gente llenaba las calles del centro soportando el frio aire de diciembre que esperaba traidor en las esquinas, pero con la excitación propia de las vísperas de algo importante. Además, la navidad estaba cerca y los escaparates intentaban atraer la atención de los futuros clientes.
Pero ella se sentía sola y extraña en medio del ajetreo. En realidad siempre se había sentido sola desde que llegó a esa ciudad, entre la esperanza y el miedo, dejando atrás su país. Su pobre país esquilmado por gobiernos corruptos, indefenso y sin derechos. Allí quedaba su madre y sus dos pequeñas, tres mujeres cuya única oportunidad estaba en sus manos. Por eso emigró, y con el billete se esfumaron los pocos ahorros que dejó su marido.
Aun recordaba el día de su llegada, medio mareada tras el largo viaje en avión. No sabía qué emoción la dominaba más, si el miedo o la fascinación que le producía aquella ciudad enorme, llena de todo lo que se pudiera desear (y pagar), con gente que paseaba segura de sí misma, con mujeres tan bien vestidas y maquilladas…. a ellas seguro que el marido no las mandaba. Las monjas se encargaron de alojarla y de buscarle trabajo. Cuidó ancianos, inválidos, niños, limpió casas y ayudó en un puesto del mercado. Trabajos temporales, duros y mal pagados. Pero ella era feliz cuando mandaba el giro a su madre… y la carta mintiéndole acerca de su vida en la gran ciudad. ¿Cómo iba a decirle que compartía un cuartito con tres mujeres, que trabajaba como una mula y que era el último paria? Pero ella era feliz porque mandaba ese dinero, y agradecía el poder hacerlo.
Hasta hacía unos meses, en que el trabajo empezó a escasear, a bajar el precio de sus horas… la crisis, decían. Ahora ya apenas sacaba para sus gastos y sólo conseguía mandar algo a costa de privarse de casi todo.
Deambulaba por las calles para no sentirse sola con su desesperación, sin conseguirlo. Distraída, miró los carteles electorales, las caras que la habían bombardeado las últimas semanas desde periódicos y televisores, prometiendo a tontas y a locas lo que todos sabían que no iban a cumplir. Eso le sonaba, ya lo había vivido. De pronto se paró en seco: había tenido una revelación. Ella no había ido del tercer mundo al primero, ella había ido de un extremo a otro del péndulo, y en esos carteles había la inercia necesaria para que el péndulo volviera a girar. Miró a los transeúntes como si no los hubiera visto nunca y les vio tan engreídos, tan ilusos, que le dio risa. Una carcajada, otra y otra más, hasta saltársele las lagrimas y perder el aliento.
Una mujer cargada de paquetes pasó por su lado y la miró sorprendida un instante .Oyó que le decía a su marido:
-¡Menuda loca!
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